quinta-feira, 12 de agosto de 2010

Conto Pirata Eugenio veleiro Alma mia

Los Roques (Mosquises) - Las Aves 039 

Ayer a la tardecita llegamos al Puerto de Brest, en la Bretania francesa, después de poco más de diez días de navegación desde la isla de Terceira, en las Azores. Para mi, ha sido una odisea de cuatro mil millas náuticas a vela desde que zarpamos de Puerto La Cruz en Venezuela.

He escrito una bitácora casi diaria de toda la travesía; les resumo las cosas que más me quedaron grabadas para no aburrirlos. Zarpamos el último día de mayo desde Le Marin, en la Martinica, un poco apresurados por el comienzo de la temporada de huracanes en el Caribe. Los primeros dos días navegamos entre las islas de las Antillas: Martinica, Dominica y Guadalupe. Exuberante vegetación, hermosas playas, paisajes volcánicos; me sigue llamando la atención la marcada diferencia en el nivel de vida y organización entre las islas independizadas (Santa Lucia, Dominica) y las colonias en este caso francesas (Martinica y Guadalupe). Ya después de Guadalupe nos adentramos en el Atlántico y solo se veían a lo lejos las luces de Antigua, ya nada de Barbuda. La travesía oceánica de unas 2400 millas náuticas a las Azores nos consumieron poco más de 27 días, una luna … y quinientas noches!

alma miaEn general nos tocó buen tiempo, aunque el Capitán se quejó de la ausencia de los esperados vientos una vez alcanzadas las altas latitudes. Solo nos tocaron un par de tormentas moderadas. Una me tocó al timón de noche cruzando el canal entre Dominica y Guadalupe, bajo la lluvia y fuertes ráfagas de viento el Alma Mía hacía sapitos en la mar a gran velocidad. La otra, una tormenta eléctrica demoníaca, nos agarró cansados en alta mar al anochecer y decidimos “acuartelarnos”: bajar las velas, acomodar el barco, y quedar a la deriva hasta que amaine. También recuerdo otros dos temporales de lluvia, uno al cruzar el Trópico de Capricornio y otro donde en medio de la lluvia y el mar agitado, un pez volador chocó contra el pecho del Capitán y terminó sus días como fútil carnada. Quizás la navegación más divertida para mi nos tocó a mitad de camino con viento moderado y grandes olas de popa, cuando el Alma Mía barrenaba las olas a buena velocidad. Por lo demás, sobresalieron las calmas subtropicales, pasamos una zona con abundantes sargazos flotando, y un par de días de espesa neblina que no se veía a 150 metros del barco y parecía que bien podríamos estar navegando por el Támesis y no en el medio del océano.

En cuanto a otros seres marinos, regularmente éramos visitados por delfines, siempre juguetones, constantemente aparecían dos especies de gaviotas, lo que me sorprendió en medio del océano, y nunca faltaron los peces voladores, unas extrañas medusas flotantes y las noctilucas que iluminaban la estela del barco por las noches. Sobresalieron tres tortugas marinas migrando hacia el Oeste, y tres veces vimos ballenas, un par de veces solo divisamos los chorros de agua a lo lejos, y una vez tuvimos la suerte de poder acercarnos a un joven Cachalote descansando, que cuando lo alcanzamos se sumergió y dejó ver su cola. También pescamos un pequeño bonito en Guadalupe, que frito en aceite de oliva resultó un delicioso aperitivo.

La rutina del barco consistía en levantarse con unos buenos mates, tirar el anzuelo (solo pescamos una gaviota y algunos sargazos desde Guadalupe), limpiar y ordenar, planificar la navegación (en navegación el camino más corto nunca es la línea recta), leer un poco (me leí cinco libros), hacer algunos ejercicios físicos y un poco de yoga, preparar el almuerzo, a veces un baño de mar con el balde, conectarse por radio con un servicio de la marina argentina para los datos del tiempo y a veces comunicarse vía enlace telefónico con la familia, bajar las cartas meteorológicas con el weather fax para planificar la navegación, cenar y organizar las guardias nocturnas ya que se navegaba las 24 horas y con el piloto automático roto había que hacer turnos al timón de tres horas cada uno (muy cansador hasta que uno se acostumbra). La rutina se alteraba cuando cada dos días en promedio se divisaba algún barco a lo lejos. También hubo que acostumbrarse a vivir casi constantemente escorado y haciendo equilibrio por el movimiento, en un espacio “habitable” muy reducido, y en un medio subyugante pero inhóspito para la supervivencia … si uno se cae al mar con suerte sobrevive unas doce horas y muere por hipotermia.

La lectura fue una buena compañía. Aparte de Tierra Firme, sobre piratas y el Caribe de principios del siglo XVI, me leí un manual de navegación a vela, El Hombre Ilustrado de Ray Bradbury (excelentes cuentos de ciencia ficción), y dos historias reales. El diario de Antonio Pigafetta, uno de los 18 tripulantes de los 270 que partieron en cinco navíos con Magallanes, que completaron la primer vuelta al mundo con el aparentemente mal parido de Sebastián El Cano a bordo de La Victoria. Una durísima odisea de unos tres años por Brasil, la Patagonia, la Micronesia, Filipinas, Indonesia, el Océano Indico y Africa. El otro libro, “Atrapados en el hielo”, es un relato basado en los diarios de la tripulación del Endurance, al mando de Sir Ernest Shackleton, quienes en 1914 quedaron atrapados en los hielos antárticos durante casi dos años, comiendo focas y pingüinos, hasta que un puñado se animó a una increíble navegación desde la punta de la península antártica hasta un puerto ballenero en las remotas islas del Atlántico Sur. Lo mío fue solo un paseo. Por mi parte, pensé en dos cuentos que espero algún día escribir, uno sobre el primer temponauta de la Historia, y otro sobre un chabón que accidentalmente cae en este mar lejos de toda costa.

Algunos otros momentos especiales; un par de veces, en medio del Mar Océano (como los españoles llamaban antes al Atlántico) tuve que bucear a revisar la hélice, a seis mil metros de profundidad. Ya había antes escuchado hablar del “azul profundo” pero me quedé paralizado flotando ante ese abismo de un color que nunca antes había visto ni imaginado; un color puro, hipnotizante, casi infinito. El horizonte de 360 grados; y algunas noches mágicas en mi guardia, recostado en el copi levemente escorado y con un mar calmo casi al alcance de mi mano, navegando silenciosamente bajo un cielo estrellado de luna nueva, contemplando la danza de estrellas fugaces, la luz de Vigo dominando el cenit y Venus dejando sus reflejos en el mar, mientras el Alma Mía avanzaba casi en silencio dejando una estela de noctilucas.

Durante los cortos períodos en que me tocaba dormir, siempre con cierto estado de vigilia, soñé, soñé, soñé, y soñé … como purgando el inconciente. Y en los tantos momentos de soledad despierto, tanto de noche como de día, contemplando el horizonte, el mar, el cielo, las nubes, pensé, pensé, pensé y pensé … el Mar Océano es un lugar ideal para abandonar penas, desatar viejos nudos, reconciliarse, reencontrarse; tengo la sensación de haber salido al otro lado del mar con la mente clara, el alma limpia y el espíritu fortalecido.

Llegamos, barbudos, al Puerto de Horta, en la Ilha do Faial de las Azores, justo para ver el partido Argentina-México, tomando un par de cervezas bien frías y comiendo una suculenta hamburguesa con fritas. Estuve tres días en Horta, hermoso puerto portugués, de callecitas empedradas y gente amable, de tierras volcánicas y aguas claras; lugar de encuentro de navegantes, sobre todo en Peter Café Sport donde al día siguiente de la llegada me convidé la cena de celebración degustando un buen vino y frutos de mar. La oficina de turismo tiene un servicio de bicicletas gratis del que abusé para recorrer los alrededores y pegarme una hermosa y merecida nadada en una playa cercana.

Decidí dejar el Alma Mía por motivos de “índole” como diría un amigo. Decidí seguir hacia el continente antes de regresar a la Argentina. En Peter Café encontré un aviso de un francés en busca de un marinero para acompañarlo a Francia y aquí estoy, en su casa de Brest, en la Bretaña, en las tierras de la antigua Armorique, en los pagos de Asterix. Quedará para el próximo relato el último tramo de mi travesía marina. Ya me pesan los ojos y mañana me toca un día muy activo … y a la noche me esperan los fuegos artificiales de la víspera del 14 de julio, aniversario de la revolución francesa… Igualdad, Hermandad y Fraternidad para todos ustedes.

0 comentários: